Soy Hombre, y mi condición es acosar

Bogotá está de cumpleaños y cada vez mas nos acercamos a dejar que la exclusión le de forma a nuestras vidas. Ningún tipo de violencia se normaliza.

 

Presentación1

                                                                                                                                                                                   (Imagen Cortesía Red Revuelta)

Ocho de la mañana, ya es un nuevo día destinado para laborar. Mi mamá como siempre y como si fuera su naturaleza, salió mas temprano que el Sol para alcanzar un bus que la acercará a la ruta que la lleva a su trabajo en Chía. Pareciera tener la costumbre de dejarme coger el tarde media hora, lo que no se sabe es que es el tiempo para preparar mi comida del día, y que si no viviera tan cerca del portal sería siempre mayor mi retraso, siempre he creído que esperar algo como un alimentador, o trabajar en Chía, es entregarle la vida en definitiva a trabajar para que alguien se haga rico y entregarle mi sueldo a un sistema que como Transmilenio que hace también ricas a otras.

 

La cama, los papeles, el uniforme, un libro, perfume y bufanda deben estar listos en menos de 15 minutos para estar a las 8 y 45 subiendo al bus, esperando llegar al centro a eso de las 9 y 15 máximo, y correr para llegar al restaurante a las 9 y 20, preparándome de nuevo para explicar mis 20 minutos de retraso al jefe. Tal vez ni siquiera estoy haciendo una buena narración, porque no conté con dejar la comida a la gata, buscar las llaves y planchar la camisa, al fin y al cabo ?como sobrevive uno en el capitalismo si no hace mecánico hasta lo mas natural?. El punto es que ya son las 8 y 50 y hasta ahora salgo de mi casa.

15 minutos hasta el Portal de las Américas, tal vez 10 si corro o 5 si tengo mil pesos para pagar un bici taxi, el hambre hizo negocio con algo que disfrutaba tanto como andar en bici… Igual correr es lo mas viable. Nueve en punto y cuento 10 personas delante mío para recargar la tarjeta, tal vez debí contar también con esto para calcular mi tiempo. Termino la fila y ya tengo el pasaje, paso la registradora a la luz de los 4 policías expectantes a que la salte o la devuelva, hoy no… voy tarde. Del portal al Museo del Oro, próximo J23 en 3 minutos, ya van 5… 7… 10 y llega, decido pasarme al primer vagón donde veo mas posibilidad de entrar sin lastimar a alguien y escucho: “Vagón Solo Para Mujeres Caballero” ¿Qué? ¿Solo para mujeres… Caballero? ¿Pero…? Me devuelvo todavía sin entender al segundo vagón donde por fortuna alcanzo a entrar o me entra a la fuerza el mecanismo de la puerta.

 

Adelante aproximadamente 20 mujeres, entre jóvenes y adultas, todas sentadas. Atrás hombres, lastimosamente hombres, niños, jóvenes y adultos, con menos de medio metro cuadrado para cada uno, embutidos en los dos vagones de atrás por el hecho de ser eso… hombres y ser socialmente acosadores, agresores en potencia por el hecho de nacer con pene, separados de las mujeres por el peligro que representamos. Ahora todo empieza a tener sentido, estoy en el vagón de atrás, separado de las mujeres porque a pesar de que me educaron para respetar a cualquier persona tengo una condición social de acosador, ahora el transporte público cree que la solución a los casos de acoso sexual es meternos a todos los hombre en un mismo saco y separarnos de las mujeres, la solución es aislarlas del mundo real, enseñarlas a tener miedo, demostrarle a los hombres que tienen que estar lejos de ellas porque si están cerca pueden acosarlas, demostrarle a la Policía por ejemplo que los “guettos” son una muy buena solución.

Es obvio, nunca la solución ha sido educar a las personas en el respeto y en la denuncia de los casos, ni en el colectivismo, la solución es separarnos… dividirnos cual escuela masculina y femenina en pleno siglo XX, como si algunos hombre no acosaran a los propios hombre y algunas mujeres a ellas mismas, aquí está lo peor, no sólo soy hombre, como si mi naturaleza no pareciera tener que ser el acoso y la irracional violencia, y la sociedad pareciera aceptarlo, resulta que no sólo me gustan las mujeres, también los hombres, no sólo soy un peligro para unas sino para la sociedad, soy un problema de salud pública, supongo que eso es bueno, tal vez en unos meses existan vagones sólo para homosexuales.

Me bajo del bus a las 9 y 40, con 40 minutos de retraso y otros 200 mil de indignación e impotencia profunda al ver que en el transporte público en Bogotá mi condición es acosar por el hecho de ser hombre. Es muy curioso que ser hombre en Colombia implique tener que asumir que las mujeres son las únicas que se pueden controlar, y que por eso parece que tengo derecho a golpearle en la casa o en el prostíbulo, por que en esta lógica del transporte público capitalino lo que está mal hecho es lo que se hace en público.

Integrante Colectiva Guarichas Guaches

Universidad Distrital

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