Crónica de un magnicidio anunciado.

“Si la muerte me sorprende
No le tengo miedo.
Soy un hombre dialectico.
El día que muera
Vendrán otros mejores
A reemplázame”
Jaime Pardo Leal.

 

Eran los años ochenta, mil novecientos ochenta y siete, si la quiere exacta. Créame cuando le digo que el mundo en que vivíamos lucía distinto, las cosas eran confusas como ahora pero tenían ese sentimiento inquietante de las tragedias humanas. Cuando sucedió dijeron que “Todo pasó de repente” y cada cual se hizo el sorprendido y actuó como si nunca hubiera imaginado que algo estaba por suceder: ¿podía ser de gratis que en Colombia se lograra una abismal movilización social y política y popular, con el más alto resultado votante de la izquierda en toda su historia y los amiguitos de estos otros amiguitos, amigos de los primeros, se quedaran esperando sentados, aguantándose tamaño dolor en la ingle? No me responda, amigo.

Pues bien, la noticia llegó con alharacas del presidente Barco, dando el pésame a la viuda y sus hijos, sacando comunicados completos donde lamentaba su muerte y honraba la memoria del difunto querido. Hablaba por entonces de “indignación y frustración, del dolor de la patria por el deceso de un hombre que había hecho tanto por el país”, de mártires, de héroes y heroínas, y de muchas otras cosas que salieron en los periódicos nacionales; es más, sacaron un decreto honrando su memoria y prometiendo concurrir a las exequias.¿Cómo la ve? Su imagen se infló en el cielo por todos los políticos de turno, entonces santos y beatos. Otros fueron más persistentes y pusieron el pie en la llaga, acusaron al propio presidente y al Estado entero, a las mafias, a los narcos y los gringos de complicidad para perpetuar el asesinato. Multitudinarias marchas, plantones, paros nacionales estudiantiles y de trabajadores, y miles de cosas se dieron mientras el entierro del muerto grande se efectuaba en la capital. Sí, fueron momentos de gran revuelo. Tiempo después habría de saberse con poco interés lo del auto -cuando ya la cosa se había calmado y la gente caía de nuevo en la resignación acostumbrada-, el Renault 18 que en sus tiempos de gloria fue de un azul vistoso con una pintura metalizada y sus rines polichados, y que entonces tenía un aspecto triste como todas las cosas en la capital del país. Había sido robado a Humberto Orozco y Marta Castellanos, una parejita de Puerto Asís venida de vacaciones, a la altura de la calle 71 con 82 hacia la media noche del 18 de septiembre, días antes de lo de Jaime. Con revólver en mano, los llevaron a dar un paseo hasta el aeropuerto El Dorado de Bogotá, para dejarlos tirados a su suerte en esa madrugada helada.[1] Sus nuevos dueños le cambiaron las placas y lo movilizaron de nuevo hasta La Mesa, Cundinamarca. El día en que escuché lo del carro, resulta que había sido encontrado a unos cinco kilómetros de La Mesa, con unos cuantos orificios que entraban y salían del panorámico trasero y rastros de sangre bañando la cojinería de cuero sintético ocre.

En los años ochenta la vida pasaba mucho más lento y la gente se enteraba rato después de todo lo que sucedía alrededor. Y es más claro cuando uno recuerda que unas tardes antes, el 11 de octubre, se vivió ese momento aterrador que cambiaría de alguna manera la ruta de nuestra historia actual. Serían las tres y cuarenta de la tarde cuando salieron hacia Bogotá Gloria, la esposa de Pardo Leal, junto a Édison, Iván y Roberto, sus hijos, y William, su escolta, hable que hable mientras los neumáticos del Jeep color blanco marfil rodaban a la salida del municipio cundinamarqués de La Mesa.

El hombre del pueblo, máximo dirigente de la Unión Patriótica, aquel con la más alta votación de la izquierda colombiana en toda su historia, piloteaba la camioneta con esa índole suya tan contradictoria, apaciguada e incendiaria, dicharachera, con la palabra profunda y la sonrisa en bandera, que tantos problemas y satisfacciones le había traído en la vida. Sus carnes recias y amplias mantenían en él esa expresión de juventud inmortal y de decisión irremediable que lo acompañaron hasta la muerte. Su sencillez, cordialidad y desapego lo llevaron desde joven a distinguirse en las causas sociales, en su trabajo político con las juventudes comunistas, o su carrera dentro de la rama judicial. Sus discursos políticos eran conocidos a lo largo y ancho de la geografía colombiana, como dirigente de masas en el Partido Comunista y su increíble activismo en la UP. Tenía un verbo que usted no se imagina. Para entonces ya era una leyenda propia, figurada en esas carnes recias y joviales que conducían hábilmente hacia la capital para atender ciertos asuntos inaplazables. Es sorprendente la historia, ¿no cree? Con un movimiento como la UP que desde su fundación tuvo cientos de militantes, dirigentes, sindicalistas y estudiantes asesinados a lo largo y ancho del país, condenado como algunas estirpes al exterminio y la soledad; con un número aproximado de 150 grupos paramilitares en todas las latitudes de esta nación[2]; un hombre de su importancia, guiado por sus propias pasiones y su razón de sabio macedónico, su verbo indetenible y su ánima de cóndor; y con una realidad plagada de desigualdades, narcotráfico, corrupción, masacres y demás, es incomprensible la poca seguridad que éste llevaba consigo cuando, a más o menos cuarenta kilómetros de Bogotá, en un lugar llamado Patio Bonito, fue alcanzado por un Renault 18 azul con placas de Bogotá que llevaba consigo tres sombras armadas con ametralladoras que dispararon con la precisión de un sastre pero sin la suerte suficiente a los cinco que iban en la camioneta.[3] William alcanzó a devolver parte del fuego que recibieron en segundos desde el Renault, pero erró el tiro y solo logró romper el panorámico trasero del auto azul.[4] Todos habían corrido con suerte menos Jaime. Maza Márquez, el entonces jefe del DAS ( Departamento Administrativo de Seguridad) , sostuvo que a Pardo Leal nunca le gustó llevar su escolta personal, que eran cinco hombres, sino que viajaba solo o con uno de ellos. Es cierto que Jaime siempre criticó las intenciones de ampliación del pie de fuerza armado del país, diciendo que no era una cuestión de número, sino de integridad[5], pero bueno, siempre quedará esa duda, ¿no? Y las cosas iban mal, créame, con un Jaime herido y el carro que ya había parado unos metros más adelante, justo para que William tomara el volante y los llevara de nuevo hasta La Mesa, de modo que pudieran atenderlo de urgencia.

La vida de Jaime se iba entre las manos de sus hijos y su esposa. El escolta maniobraba entre las curvas, los neumáticos gemían al rozar contra el asfalto a esa velocidad, las latas de todo el auto traqueteaban acompasadamente y sin avería hasta que la mala suerte, la providencia, los malos agüeros, la guerra, los narcos, los carteles, el Estado, o todo junto los llevó a chocar[6], sin mayor daño para alguno de ellos, ni siquiera a Pardo. Gloria abrió la puerta, dejó el auto y corrió y se arrodilló en medio de la vía, con sus manos rojas en una mezcla de sangre y lágrimas, de vida, hasta detener un bus intermunicipal que los llevaría a los cuatro y a Pardo hasta el hospital del pueblo. Bueno, y qué le digo, veinte minutos hubo desde que aquel bus intermunicipal de adornados tenues y cortinas de tela rojiza con pendones de color violáceo recogiera a Jaime Pardo Leal y sus familiares y escolta en medio de la nada hasta el instante de su deceso en el hospital San Rafael de La Mesa a eso de las cinco de la tarde[7], antes de que un helicóptero del gobierno pudiese llegar a recogerlo de urgencia para trasladarlo a Bogotá, donde hubiera sido atendido en un hospital de cuarto nivel.

Después de él fueron miles, más de cuatro mil militantes de la Unión Patriótica y A Luchar fueron exterminadas, solo algunas sobreviven hasta hoy. Aquello sí fue un magnicidio. Que va, fue un holocausto. Y qué le digo, su cuerpo fue recogido, finalmente, en los primeros minutos de la noche por una ambulancia oficial para llevarlo a sus exequias en la fría ciudad de Bogotá.

A sus asesinos se les olvidó que las semillas enterradas, crecen.

Julian Felipe Gutierrez.

[1] Había sido robado en Bogotá el auto para el asesinato de Pardo Leal. En: El Espectador, Bogotá D.C. (14 de Octubre de 1987)

[2] UP convoca a jornada por derecho a la vida en memoria de Pardo Leal: En: El Espectador, Bogotá D.C. (12 de Octubre de 1987)

[3] TORRES, Edgar. Asesinado Pardo Leal. En: EL TIEMPO, Bogotá D.C. (12 de Octubre de 1987)

[4]HERNANDEZ, Elkin. La emboscada a Pardo Leal. En: El Espectador, Bogotá D.C. (12 de Octubre de 1987)

[5] Pardo Leal no quiso usar 5 escoltas que tenía a su servicio. En: El Espectador, Bogotá D.C. (13 de Octubre de 1987)

[6] Iban dispuestos a no dejar testigos. En: EL TIEMPO, Bogotá D.C. (12 de octubre de 1987)

[7] Asesinado Jaime Pardo Leal. En: El Espectador, Bogotá D.C. (12 de Octubre de 1987)

 

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