A propósito de los “ñeros” y la facultad de derecho. (Sobre lo sucedido todos los días en la Universidad Nacional)

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Pareciera que la Universidad Nacional sólo da vueltas en sus eternos debates, revividos cada tanto tiempo por algo inesperado. Y  como si se trataran de debates saldados, han sido dejados a un lado por simple inercia, o por haber sido opacados por otra coyuntura mucho más taquillera.

Pero ningún momento de los mismos debates es igual al anterior, no sólo porque quienes participan no son los mismos (finalmente la universidad es una circulación permanente y veloz de personas en calidad de estudiantes), sino más bien porque en sí la Universidad Nacional ha cambiado tan rápidamente, que nosotros, quienes somos parte de ese cambio, ni nos hemos percatado.

Lo que sucedió el 19 de marzo no fue más que el encuentro entre dos de las muchas Bogotás que se desconocen entre sí. Por un lado la ciudad cosmopolita, que disfruta de sus 10 o más semestres de juventud llena de comodidades y de garantías para el futuro (para su propio futuro), y por el otro lado sólo una de las tantas formas que tiene esa Bogotá y esa Colombia que simplemente no lo tienen, o que seguro si lo tienen, pero no es nada parecido al futuro de las personas que desde pequeños hemos contado con un poco de suerte y algo de talento.

¿Cuál es el resultado de dicho encuentro?, diría yo que es positivo; hace mucho tiempo la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales, no se veía en la necesidad de tener un punto de encuentro para debatir sobre algo puntual.

Estos grafitis, y todo su aerosol, lograron despertar en la comunidad del 201, la indignación que no había logrado generar el pésimo estado que sigue demostrando la infraestructura del campus, la corrupción de la decanatura o el silencio cómplice que la representación estudiantil guarda respecto de temas que a los estudiantes realmente habrían de interesar.

Faltaron unas decenas de latas, la creatividad y dedicación de muchos artistas callejeros, para recordarle a esta emblemática facultad, que no se le da forma a nuestra segunda casa con comentarios en la página de confesiones, o con indirectazos en los pasillos, sino con espacios de encuentro decisivos, amplios y respetables.

Por desgracia, los mismos que hace algunos años tanto criticaban las asambleas, hoy las convocan obviando la existencia de espacios que se han construido con las uñas y que ya tienen una agenda fortalecida de trabajo, como lo son los Consejos Estudiantiles por departamento.

Creo que lo anterior es un problema sobre cómo entender la democracia; si se entiende como un momento concreto en donde se expone, se decide y se ejecuta cuantitativamente, o por el contrario se concibe como un trabajo permanente, desde las bases y organizado, sobre temas que finalmente no dan espera para que la facultad se reúna en la siguiente coyuntura de indignación.

Podría decirse que estas dos formas son complementarias, y es cierto, pero el primer espacio, o más bien los que hoy lo convocan, han desconocido al segundo y todos sus esfuerzos por fortalecer la misma democracia que hoy tantos piden a gritos para argumentar que las paredes sólo pueden estar de una forma determinada.

¿Para qué la Universidad? ¿Para debatir sobre las paredes?

Una de las cosas más interesantes de estas temporadas de debate, es que por fin salen a la luz las formas en las que la gente se imagina estas 144 hectáreas a las que se llaman Universidad Nacional. Y mientras algunos argumentan haber visto interrumpidas sus clases, y otros aseguran respetarlas, pareciera que el problema es más bien sobre las clases sociales, sobre una universidad que permite o no, que expresiones no académicas o científicas, se posen sobre ella, como si la Nacional fuera un ente aislado, o como si antes de estudiantes nunca hubiéramos crecido en barrios, pueblos o guetos.

Se habla de la universidad con un lugar para la “producción del conocimiento”, como si en principio, las malas prácticas pedagógicas de las cuales todo el sistema de educación colombiano es víctima, estuvieran diseñadas para permitir realmente la producción como algo nuevo, o como si se le pudiera llamar producción a un parcial con preguntas cerradas sobre un código o sobre un semestre de relaciones internacionales.

La universidad para producir, para producir conocimiento consignado en tesis que serán calificadas según el nivel de ego de los docentes, y serán archivadas en un sótano que tiene riesgo de inundación o en un cuarto piso que tiene humedades en sus techos. Pero ¿Producir para qué?, ¿Acaso es para que las personas que pagan impuestos vean mejorada su calidad de vida?, o más bien para que los académicos sigan citándose entre sí y archivando más tesis y más opiniones de docentes.

Se habla de una universidad como un patrimonio histórico, pero no se le permite nadie hacer memoria de los personajes que han hecho de esos edificios el patrimonio que hoy son, es más, se valora más un edificio por lo viejo que por la historia que le atraviesa, y en cualquiera de los dos casos se le deja caer como si la idea reinante fuera que un país más moderno no necesita aulas para universidades públicas.

Se habla de la universidad como algo público, pero es lo menos accesible al público, de hecho ese es ciertamente un encanto de la universidad, hasta que uno se da cuenta que lo público en Colombia, es un beneficio para quienes tengan las posibilidades de llegar hasta donde se encuentren sus derechos.

Y mientras a las universidades estatales entran cada vez más personas que sueñan con estudiar en Los Andes o Eafit, pero pagando por mucho lo que pagarían en la San Martín o Manuela Beltrán, y con el ego de haber pasado un examen como el de la UdeA o la Nacional; se acusa de guerrilleros a las personas que consideramos justo y necesario que este país salde el abismo que hay entre los propietarios de la mayor parte de la riqueza en Colombia, y la mayor parte de la población que es la que aún sigue en la pobreza.

De hecho es fácil darse cuenta de que quien pasa a la universidad por medio de un examen, no es necesariamente una de las mentes más brillantes del país, ni tampoco de su región. Somos el residuo medianamente formado y con suerte, después de descartar a los muy ricos, pero también a los muy pobres que nunca tuvieron para un PIN, o peor aún,  a los pobres que lo compraron pero que destruimos con nuestros puntajes, porque simplemente la educación media en este país es mucho más desigual que la superior.

¿Donde está entonces eso que hace sentir al estudiante de la Nacional como algo superior?, Nosotros que tenemos el conocimiento no hemos sido capaces de ir al guetto y a la comuna, para justificar el gasto en nuestra educación, o para hacer un mínimo gesto de humanidad y usar ese conocimiento para construir condiciones de vida digna; pero nos indignamos cuando esa Colombia nos llega a nuestro cómodo espacio en donde voy a coquetear entre clases, o a hablar de la champions, ¿Cuál es el conocimiento que producen las ciencias sociales si se han negado a que la sociedad les toque a sus puertas?.

¿Dónde está eso, que ha hecho que un estudiante de una Universidad pública exprese temor y asco de lo que ha producido la historia de su propio país, lo que han producido tantas constituciones y códigos, tantas relaciones de poder e instituciones?, si su respuesta radica en haber pasado un examen, tener la capacidad de producir conocimiento, o de debatir de manera civilizada, vale la pena que se pregunte qué tanto sabe si no es capaz de ver con esos mismos ojos estas otras Bogotás. Pregúntese que gana con ir todos los días a clase,  si no es capaz siquiera de explicar y aplicar lo que sabe, de hacer democrático ese conocimiento, o de hacer de ésta una universidad de talla mundial, pero que aún se pueda decir que es nacional; que es de una, o de las muchas naciones o pueblos que habitan este territorio.

Todos los días la Universidad Nacional de Colombia se parece menos a Colombia, los más pobres son menos, pero sólo dentro de la educación, porque afuera siguen los mismos y con peores condiciones, cada día parece menos una universidad como cualquiera que sea fiel a su título, en donde el sentido de su naturaleza radique en la diversidad, y no en que tan parecidos seamos para ser aceptados.

Ahora bien, quitarle contenido político a una expresión popular, es una forma más de demostrar, que finalmente este país sólo es gobernado por intelectuales que desconocen la realidad social e histórica que incluso les rodea, y que finalmente la universidad estatal ya se queda sin fundamento, y no porque el gobierno lo diga, o porque sea más barato financiar la demanda a punta de créditos, sino porque los estudiantes han perdido el horizonte de trabajar por Colombia, porque si el argumento es que son muy ñeros, o hampones los que pintaron los pasillos del 201, debería asumirse una posición de clase realista y marcharse a una Universidad donde no exista si quiera el riesgo de que los pobres quieran participar de ella.

Finalmente si el debate es sobre lo político, la democracia y el respeto, ¿Por qué no preguntarle primero a quienes han conocido el ejercicio real de la democracia excluyente, y el irrespeto de las autoridades políticas y armadas contra la dignidad y las decisiones de las comunidades?

Lo que pasa todos los días es que se acaba la correspondencia entre las necesidades del país, (con todos los tipos de violencia posibles), y lo que hacen los supuestos intelectuales seleccionados y formados, que creen que sólo hay una forma del conocimiento, y que peor aún, creen que a la universidad sólo se va a producirlo.

Miguel P.
Estudiante de Ciencias Políticas U.N

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